¿Cómo empezamos a bailar en pareja?
¿Cómo empezamos a bailar en pareja?
Hoy nos parece algo casi evidente.
Empieza la música, dos personas se acercan, una invita a la otra a bailar… y la pareja comienza a moverse.
Tango argentino, vals, salsa, bachata, kizomba, rock, bailes de salón: bailar en pareja forma tanto parte de nuestra cultura que podríamos pensar que siempre ha sido así.
Y, sin embargo, la historia es mucho más interesante.
Antes de la pareja, se bailaba sobre todo… en grupo
Durante siglos, en Europa, gran parte de los bailes sociales se practicaban en grupo: en círculo, en línea, en cadena o siguiendo figuras colectivas.
El baile era, por supuesto, una forma de entretenimiento, pero también un auténtico ritual social.
La gente se reunía, se observaba, a veces cambiaba de pareja y seguía figuras conocidas por todos.
La pareja ya podía existir dentro de estos bailes, pero el baile prolongado entre dos personas todavía no ocupaba el lugar central que adquiriría más adelante.
Poco a poco, las costumbres empezaron a cambiar.
El vals cambia las reglas
A finales del siglo XVIII y principios del XIX, una nueva forma de bailar se extendió por los salones de baile europeos: el vals.
Y no pasó desapercibido.
¿Por qué?
Porque, en lugar de realizar principalmente figuras colectivas, dos personas bailaban juntas y giraban como pareja.
Para las convenciones sociales de la época, esta proximidad podía resultar atrevida.
Lo que hoy nos parece perfectamente inocente representaba entonces un cambio importante: durante todo un baile, la pareja constituía realmente una unidad propia.
Por supuesto, el vals no «inventó» por sí solo el baile en pareja. La historia fue mucho más progresiva.
Pero su enorme popularidad contribuyó de manera importante a establecer la pareja como una de las grandes formas del baile social occidental.
Y comenzó una nueva historia.
El siglo XIX: bailar en pareja se pone de moda
Durante el siglo XIX, nuevas danzas llenaron los salones de baile.
La polca, en particular, alcanzó un éxito espectacular en Europa a partir de la década de 1840. Otras formas circularon, evolucionaron y se transformaron a medida que viajaban entre países y clases sociales.
El baile también se convirtió en una forma de conocer a otras personas.
Se invitaba a alguien.
La otra persona aceptaba o rechazaba el baile.
Se compartían unos minutos antes de cambiar, quizás, de pareja.
El salón de baile se convirtió así en un extraordinario espacio de encuentro y socialización.
¿Te resulta familiar?
Siglos después, en una milonga o en una noche de baile, seguimos haciendo en el fondo algo bastante parecido: conocernos a través del baile.
Después, las culturas empiezan a viajar
Sin embargo, la historia del baile en pareja no se escribió únicamente en los salones europeos.
Durante los siglos XIX y XX, las personas, las músicas y los ritmos circularon con una intensidad cada vez mayor.
Europa, África, América y el Caribe entraron en contacto en contextos históricos muy diferentes, algunos de ellos dolorosos. De estos encuentros nacieron o evolucionaron nuevas formas de expresión musical y coreográfica.
Cada baile tiene su propia historia y sería demasiado simplista hacerlos descender a todos de un mismo árbol genealógico.
Pero algo se hizo evidente:
el baile en pareja se convirtió en un extraordinario lugar de encuentro entre culturas.
Y el tango aparece a orillas del Río de la Plata
A finales del siglo XIX, otro universo comenzó a tomar forma poco a poco en la región del Río de la Plata.
Buenos Aires y Montevideo eran entonces ciudades en plena transformación, donde convivían, entre otros, inmigrantes europeos, poblaciones criollas y comunidades de origen africano.
Fue en este contexto popular y urbano donde el tango se desarrolló progresivamente.
No procede de una sola cultura.
Es precisamente el resultado de encuentros, influencias y transformaciones.
La UNESCO describe la tradición argentina y uruguaya del tango como fruto de esta mezcla de poblaciones y culturas de la cuenca del Río de la Plata. En 2009, el tango fue inscrito en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
Y con él, la relación entre dos bailarines adquiriría una dimensión especialmente fascinante.
Dos personas pueden ahora crear un baile juntas
Este es quizá uno de los aspectos más bonitos de la evolución del baile en pareja.
La pareja deja de ser simplemente una forma de situar a dos personas en un salón de baile.
Se convierte en un espacio de comunicación.
Esto resulta especialmente evidente en el tango argentino, donde la conexión, la escucha de la pareja, la interpretación de la música y la improvisación ocupan un lugar esencial.
Pero cada baile desarrollará su propio lenguaje.
El vals nos hace girar.
El swing juega con la energía y el ritmo.
Los bailes latinos desarrollan otras relaciones con el cuerpo y la música.
La salsa crea su propio diálogo entre los bailarines.
Mucho más tarde, la bachata y la kizomba seguirán enriqueciendo la enorme familia de los bailes sociales en pareja.
Y todos estos bailes continuarán evolucionando.
Entonces, ¿por qué nos gusta tanto bailar en pareja?
Quizá porque es una experiencia bastante extraordinaria.
Durante unos minutos, dos personas que a veces ni siquiera se conocen tienen que escuchar la misma música, compartir el mismo espacio y crear algo juntas.
Hay que proponer.
Escuchar.
Adaptarse.
Confiar.
Y, a veces, sin pronunciar una sola palabra, dos personas consiguen entenderse perfectamente.
Una historia que continúa con cada baile
Cuando hoy entramos en una milonga, un salón de baile o una fiesta, evidentemente no pensamos en todo esto.
Elegimos nuestros zapatos, nos encontramos con nuestros amigos, empieza la música…
y bailamos.
Sin embargo, detrás de este gesto que nos parece tan natural se esconden siglos de evolución, encuentros y transformaciones culturales.
Desde los bailes colectivos hasta los valses de los salones europeos, desde los intercambios entre continentes hasta el nacimiento del tango a orillas del Río de la Plata, nuestra forma de bailar nunca ha dejado de cambiar.
Y esta historia todavía no ha terminado.
Porque cada vez que dos personas se encuentran en una pista y empiezan a moverse juntas…
la historia del baile en pareja continúa.
¿El baile forma parte de tu vida? También forma parte de la nuestra.
Una canción, unos pasos, un encuentro… y el placer de bailar toma el protagonismo.
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